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La revolución socialista y la unidad de América Latina

Zbigniew Marcin Kowalewski

divendres 24 de desembre de 2004

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El autor es un marxista polaco de larga militancia antiestalinista, vivió en Cuba y escribió numerosos textos sobre las organizaciones revolucionarias latinoamericanas, actualmente es editor de la revista "Rewolucja" (Revolución). La ponencia que publicamos dedicada al "Pasado, presente y futuro de los movimientos revolucionarios en el mundo", fue presentada a nombre de Kowalewski por Celia Hart en el taller sobre "La utopía que necesitamos" de la Cátedra Bolívar Martí y la Sociedad Cultural José Martí en La Habana, Cuba, el 10 de septiembre de 2004.


En los años 60, la Revolución Cubana se proyectó como el comienzo de la Revolución Latinoamericana reviviendo y rearmando la vieja utopía de la unidad de América Latina. Desde entonces he estudiado el origen, la historia y la vigencia de esta utopía, tanto en la misma Cuba, como en Polonia que es mi país de origen y en Francia. Quiero compartir con vosotros mis reflexiones.

Alguien ha dicho que la leyenda histórica, fabricada por los plumíferos al servicio de las oligarquías latinoamericanas y de las potencias coloniales o imperialistas presenta a los Libertadores como queriendo crear una veintena de Estados distintos, en lugar de uno solo, y que la falacia, verdaderamente monstruosa, de esta “historia” oficial reside en que, mientras en Europa Occidental y en los Estados Unidos de Norteamérica las naciones se constituyeron como resultado de las victorias de la revoluciones democráticas burguesas, en América Latina se considera como naciones distintas a las de los Estados surgidos del fracaso de la revoluciones democráticas burguesas. Quienquiera lo ha dicho, está muy bien dicho.

En el plano nacional, América Latina presenta, junto con el mundo árabe, tan dividido como ella, una extraordinaria particularidad a escala mundial. León Trotsky decía, a propósito de la cuestión nacional, en su Historia de la Revolución Rusa: “La lengua es el instrumento más importante de contacto entre los hombres y, por tanto, de vinculación de la economía. Se convierte en lengua nacional con la victoria de la circulación mercantil que unifica una nación. Sobre esta base se establece el Estado nacional, que es el terreno más cómodo, ventajoso y normal para las relaciones capitalistas.” Es verdad que muchos Estados nacionales no cubren la totalidad de los territorios en los cuales se habla su lengua nacional, y hasta sucede – lo que, sin embargo, es bastante excepcional – que dos Estados vecinos tengan la misma lengua nacional.

Pero lo que ocurrió en América Latina es muy peculiar. En un territorio continuo en que la lengua estatal es la misma o se parece, en la época clásica de la formación de los Estados nacionales no se formó un Estado nacional sino una veintena. La anomalía es indiscutible y su escala enorme. En ella se materializa la condición de América Latina en tanto que una periferia dependiente, explotada y subdesarrollada en el sistema capitalista mundial. Nada más natural que, como sucede también en el mundo árabe, donde existe algo así como el nacionalismo panárabe, en América Latina resurja periódicamente la idea de que la patria es la América.

“La vía junker fue posible en Alemania porque había fracasado la vía de Münzer”, decía René Zavaleta Mercado, refiriéndose a la derrota en este país de la guerra campesina y el desarrollo posterior del capitalismo alemán por la llamada vía prusiana, es decir, oligárquica. En los centros dominantes del capitalismo mundial, toda vía, tanto democrática, tomada por el desarrollo del capitalismo como consecuencia de la victoria de una revolución burguesa activa, llevada a cabo desde abajo y completa, como oligárquica, tomada como consecuencia de una revolución burguesa pasiva, llevada a cabo desde arriba y a medias, conducía al desarrollo independiente. En las periferias, la vía oligárquica no podía ser otra cosa que la vía dependiente del subdesarrollo del capitalismo. Como lo demostraba Zavaleta Mercado, si en América Latina venció justamente esta vía, fue porque había sido derrotada la vía de Túpac Amaru y Túpac Catari.

En 1780-81, paralelamente a la primera revolución norteamericana, es decir, a la guerra de independencia de las trece colonias inglesas en América del Norte, en el territorio de la civilización inca estalló bajo la dirección de Túpac Amaru y Túpac Catari una gran insurrección independentista combinada con un levantamiento radical del campesinado indígena. Mucho más que la norteamericana, que era fundamentalmente política, la insurrección andina fue una verdadera y profunda revolución democrática burguesa. Por su composición de clase y su base en una civilización propia, ella tenía un potencial mucho mayor que cualquier otro movimiento independentista posterior para sentar las bases de la unificación de América Latina y para desbrozar ante ella la vía de un desarrollo democrático e independiente del capitalismo. Su salvaje aplastamiento y la destrucción de la civilización inca por el poder colonial español marcaron la derrota de una revolución que podía cambiar el curso de la historia de toda la parte hispano- o iberoamericana del hemisferio.

En América del Norte la guerra de independencia en las colonias inglesas fue victoriosa y llevó a la unificación –concretamente, una federación– de las mismas. Pero el mantenimiento y la expansión de la esclavitud en los estados sureños de la nueva unión impidió que en Estados Unidos la vía del desarrollo del capitalismo –democrática e independiente u oligárquica y dependiente– se decidiera a lo largo de ochenta años. En América Latina, las guerras de independencia llevadas a cabo en la primera mitad del siglo XIX, aunque victoriosas, fracasaron como revolución democrática burguesa: no lograron convertirse en una revolución nacional latinoamericana y constituir una unión latinoamericana o una sólida base de apoyo para su formación. En vez de formar una federación o, al menos, una confederación, la América liberada del yugo español se fragmentó en toda una pléyade de Estados.

Tampoco, y en estrecha articulación con el fracaso en ese plano, las guerras de independencia condujeron a la supresión de la colonia en el seno de las nuevas repúblicas. Por el contrario, después de las guerras de independencia, en medio de numerosas guerras civiles, se preservaron las clases dominantes y los modos de explotación coloniales. Simón Bolívar tenia un muy mal pero genial presentimiento: presintió que la unión de las antiguas colonias inglesas en America del Norte y la fragmentación del antiguo imperio español determinarían sus relaciones mutuas, a saber, que los Estados Unidos dominarían sobre América Latina. Por ello aspiraba a la unificación de las antiguas colonias españolas en una sola nación.

En Estados Unidos, ochenta años después de la primera revolución norteamericana, la guerra civil entre los Estados norteños, donde el capitalismo se desarrollaba sobre la base de la explotación del trabajo asalariado, y los Estados secesionistas sureños, donde el capitalismo se basaba en la explotación del trabajo esclavo, se convirtió en una guerra revolucionaria por la reunificación nacional y la abolición de la esclavitud. Fue apenas en efecto de esta terrible guerra que los Estados Unidos lograron definitivamente su unidad nacional. Fue también en efecto de esa guerra que la vía democrática e independiente del desarrollo del capitalismo venció allí sobre la vía oligárquica y dependiente. Si hubieran ganado los Estados secesionistas sureños, lo que no era ni imposible, ni improbable, habría ganado esta última vía; los Estados Unidos se habrían dividido y quedado en la periferia dependiente del capitalismo mundial.

Es muy revelador para el curso diferente y hasta opuesto de la historia en las dos partes de América un hecho que se produjo poco después de la derrota del Sur esclavista en los Estados Unidos. En América Latina, una espantosa guerra genocida llevada a cabo por la Triple Alianza de las oligarquías de Brasil, Argentina y el Uruguay con el apoyo de Inglaterra, la potencia hegemónica mundial de entonces, contra el Paraguay culminó con una destrucción completa e irreversible de la única tentativa surgida de las guerras de independencia de asegurar un desarrollo independiente del capitalismo.

El trágico fin de esta tentativa tan audaz como desastrosamente provincial nos muestra dos cosas: Primero, que en aquella época, un desarrollo capitalista independiente en la periferia dependiente latinoamericana del sistema capitalista mundial no era posible sin una prolongada ruptura con este sistema –una ruptura tan radical como la que llevó a cabo el fundador y primer gobernante del Paraguay independiente, José Gaspar de Francia–. Segundo, que ya en aquella época, en la periferia latinoamericana del sistema mundial, un desarrollo independiente duradero no era posible en un solo país.

Frente a toda concepción fatalista que sugiere que los Estados Unidos y América Latina estaban destinados a seguir las vías que efectivamente siguieron, cabe recordar que ella refleja el hecho de que la historia la escriben los vencedores, pero que “la historia no es un movimiento teleológico, con un camino trazado de antemano, sino un escenario en el que se enfrentan las clases”, observaba Agustín Cueva. “Como ese fatalismo no es sino el rostro del elitismo, el conocimiento de la historia de los movimientos revolucionarios y las alternativas democráticas de la América Latina decimonónica resulta todavía el «hijastro de la historia».” Las grandes potencias europeas de la época estaban muy conscientes que –como lo indicaba muy claramente el primer ministro francés François Guizot– los destinos de América Latina decidiría el resultado final de las luchas entre el “partido europeo” y el “partido americano”.

Acaso los Estados Unidos estaban predestinados a la victoria del “partido americano” sobre el “partido europeo”, mientras que América Latina estaba predestinada a la victoria del “partido europeo” sobre el “partido americano”? No, en los dos casos nada estaba predestinado o predeterminado: es en las luchas de clases y en los campos de batalla de las guerras civiles que se decidía que partido ganaba. Acaso los grandes y victoriosos combates llevados a cabo bajo la conducción del líder del “partido americano” en México, Benito Juárez –la Reforma, la guerra civil y la guerra de resistencia nacional– estaban destinados a desembocar en una modernización superoligárquica y superdependiente del capitalismo mexicano que se produjo bajo el porfiriato? No, podían desembocar de manera radicalmente alternativa. El cálculo de probabilidades incluía incluso que los efectos de las casi simultáneas victorias de los “partidos americanos” en las guerras en los Estados Unidos y en México se extendieran rápidamente, con el concurso solidario de sus gobiernos, hacia el sur del hemisferio y llevaran a un choque decisivo del “partido americano” continental con el bastión del “partido europeo”: la Triple Alianza que ahogaba el Paraguay. Pero no es lo que sucedió. “El fracaso de la alternativa democrático-burguesa durante el período de la Reforma”, señalaba Cueva, “consolida, de todas maneras, el encaminamiento de América Latina entera por la vía reaccionaria –«oligárquica»– de desarrollo del capitalismo, que perfectamente ensamblada con la fase imperialista en que había entrado el sistema mundial definirá un nuevo período de nuestra historia.”

Que sean muy claras dos cosas: Primero, que estamos hablando de la época histórica de las revoluciones democráticas burguesas. Segundo, que esta época se acabó de una vez por todas, a escala mundial, apenas unos años después de la derrota del “partido europeo” esclavista en los Estados Unidos, de la tremenda bofetada asestada por el pueblo mexicano a la burguesía europea con el fusilamiento del usurpador habsburgo en México y de la destrucción del Paraguay por el “partido europeo” de la Triple Alianza. Se acabó con la Comuna de Paris: la primera revolución proletaria que, aunque solamente de una manera pasajera, tomó el poder.

Al fin de la mencionada época, teníamos así dos series de correlaciones lógicas e históricas distribuidas entre las dos partes del hemisferio: la unidad nacional norteamericana, el desarrollo democrático e independiente del capitalismo y el ascenso del país a una posición central en el sistema capitalista mundial; la fragmentación nacional latinoamericana, el subdesarrollo oligárquico y dependiente del capitalismo y una duradera posición periférica de América Latina en el sistema capitalista mundial.

Con la transición del capitalismo a la fase imperialista, estas dos series de correlaciones no podían producir sino lo que, mucho antes, presintió con exactitud Bolívar: la polarización del hemisferio entre el capitalismo desarrollado de los Estados Unidos y el capitalismo subdesarrollado de América Latina, unidos inseparablemente por una relación de dominación y dependencia. Como más tarde diría Trotsky, América Latina fue sometida por los Estados Unidos a “la explotación nacional que completa y potencia la explotación de clase”. En el marco del capitalismo mundial y sobre la base de las relaciones de producción capitalistas, entre estas dos series de correlaciones hay una unión inquebrantable.

Aunque la época histórica de las revoluciones democráticas burguesas terminó definitivamente en 1871, en todos los países del mundo en que las tareas históricas de esas revoluciones no se cumplieron, ellas seguían siendo pendientes. La contradicción entre el fin irreversible de aquella época y la plena vigencia de aquellas tareas significaba que ella no podía ser resuelta ya por la burguesía ni por ninguno de sus sectores o por ninguna de sus fracciones. Todo el curso posterior de la historia, en América Latina y en otras partes del mundo, lo confirmó plenamente. Ahora hacía falta que estas tareas históricas que la burguesía latinoamericana no cumplió asumiera la clase revolucionaria cuyo ascenso ineluctable había anunciado la Comuna de Paris, y las cumpliera una vez que estableciera su propio poder.

Mientras tanto, la idea de la gran patria latinoamericana sobrevivía entre los nacionalistas revolucionarios latinoamericanos. El más destacado revolucionario que en América Latina e incluso en todas las periferias coloniales y dependientes apareció durante la transición del capitalismo al estadio imperialista, José Martí, la activó como estrategia revolucionaria. Pedro Pablo Rodríguez describió así esta estrategia aplicada en Cuba: “La guerra sería por la independencia, pero comprendería más fines: no sería más que un hito en una estrategia política a muy largo plazo que, comenzando por Cuba, se continuaría con la independencia de Puerto Rico y con la unión progresiva de América Latina, frente a los intentos expansionistas de Estados Unidos, donde las Antillas serían el primer muro de contención. Con esta estrategia se garantizaría la eliminación de todos los vestigios del colonialismo español en las sociedades latinoamericanas y se evitaría la creación de nuevas formas colonialistas estadounidenses. Esto, en un lenguaje de nuestros tiempos, se llamaría una estrategia continental de liberación nacional contra el imperialismo. (...) Es indudable que por este camino sólo Bolívar antecedió a Martí cuando demandó una unión latinoamericana tan poderosa como la que se estaba formando en el norte de América. Sin embargo, son épocas bastante diferentes las de ambos hombres; Bolívar encabezó la guerra por la independencia de la América del Sur cuando los Estados Unidos iniciaban su expansión territorial hacia la costa del Pacífico, arrebatándoles las tierras a los indios, y Gran Bretaña dirigía el concierto del mundo capitalista desarrollado; Martí conoció los años decisivos del tránsito del capitalismo premonopolista al imperialismo en unos Estados Unidos que cerraron su hegemonía en los países del Caribe y se lanzaban a disputarle a los europeos el sur del continente. Lo que era una posibilidad más o menos remota en tiempos de Bolívar era una realidad en tiempos de Martí.”

Las referencias hechas a lo largo de la obra martiana indican que la unión latinoamericana implicaba también para Martí la formación una sola “república nueva” a escala latinoamericana, es decir, según la definía el mismo Martí, una república que se distinguiría radicalmente de las repúblicas latinoamericanas tradicionales porque combatiría la colonia que sobrevivía en su seno.

Contrariamente a lo que lógicamente se podía esperar, el ascenso del movimiento obrero latinoamericano y de sus partidos marxistas no se tradujo para nada en una apropiación de las ideas bolivarianas y martianas de la patria grande. Los primeros partidos socialistas latinoamericanos, ligados a la II Internacional, las ignoraron. Se debía suponer que el movimiento comunista rompería radicalmente con este legado socialdemócrata. Es lo que, con toda seguridad, esperaban de este movimiento los militantes revolucionarios bolivarianos o martianos que, como Julio Antonio Mella, adherían a él atraídos irresistiblemente por la Revolución de Octubre. Pero pronto se desilusionaron. Por la primera vez, la cuestión se planteó en 1928, en el V Congreso de la Internacional Comunista. El principal responsable del Komintern para los asuntos latinoamericanos, el comunista suizo Jules Humbert-Droz, propuso que el movimiento comunista reconociera como una de sus mayores tareas revolucionarias, la formación de la Unión de las Repúblicas Federativas Obreras y Campesinas de América Latina. Su propuesta, tan obvia e indispensable, provocó una reacción hostil y se expuso a las acusaciones de seguir un “latinoamericanismo nacionalista pequeñoburgués”, en una clara alusión a un movimiento como el APRA. En el mismo congreso, el Komintern eliminó de su programa la lucha por los Estados Unidos Socialistas de Europa.

Fue una de las innumerables consecuencias desastrosas del ascenso de la burocracia estalinista en la Unión Soviética y de la subordinación, forzada por ella, del movimiento comunista internacional a su estrategia de la construcción del socialismo en un solo país. Lo que siguió fue una ruptura brutal, que afectó enormemente el desarrollo de los movimientos revolucionarios latinoamericanos, de los partidos comunistas con la política, adoptada bajo el dirección de Lenin y Trotsky, de frente único antiimperialista y de alianza con los nacionalistas revolucionarios. Recordemos la distinción radical operada por Mella entre el nacionalismo burgués y el nacionalismo revolucionario, una corriente política tan importante en la historia de América Latina, de la cual Mella decía que ella “desea una nación libre para acabar con los parásitos del interior y los invasores imperialistas, reconociendo que el principal ciudadano en toda sociedad es aquel que contribuye a elevar con su trabajo diario, sin explotar a sus semejantes.” Es exactamente en este sentido que utilizamos el término.

Frente a la estalinización del Comintern, eran los más lúcidos pensadores y militantes del nacionalismo revolucionario los que preservaban la idea de la unidad latinoamericana como una de las tareas esenciales en el combate por la liberación de la dominación imperialista. Pero, en el hilo directo que venía de la Revolución de Octubre, cuyo programa original abandonaba y traicionaba Stalin, la idea rechazada por el Komintern bajo su instigación fue retomada por un hombre: el principal dirigente, al lado de Lenin, de esta revolución. Trotsky no solamente la recogió sino la fundamentó en su contribución decisiva al pensamiento marxista: en la teoría de la revolución permanente.

En Rusia, no solamente hasta la toma del poder por el proletariado en octubre de 1917, sino aún durante casi un año, hasta el verano u otoño de 1918, la revolución era proletaria por su fuerza social dirigente, pero no era socialista por sus tareas inmediatas sino democrática burguesa. Al tomar el poder, el proletariado cumplió primero las tareas aún pendientes en este país de la revolución democrática burguesa, incluyendo, entre sus tareas más importantes, la liberación de las nacionalidades oprimidas en el imperio ruso, y pasando enseguida, en un curso ininterrumpido o permanente, de éstas a las primeras tareas socialistas. Trotsky extendió la teoría de la revolución permanente, elaborada inicialmente para la revolución en Rusia, al conjunto de países subdesarrollados, coloniales y dependientes. Planteaba que la posibilidad de la toma del poder en estos países por el proletariado se halla determinada, naturalmente, en un grado considerable, por el papel de esta clase en la economía del país; por consiguiente, en el nivel de su desarrollo capitalista. Pero no era éste ni mucho menos el criterio único.
Importancia no menor tenía para Trotsky la cuestión de saber si existía en el país un problema “popular” amplio y candente en cuya resolución estuviese interesada la mayoría de la nación y que exigiese las medidas revolucionarias más audaces. Entre las cuestiones de este orden se destacaba la cuestión nacional. Trotsky planteaba que, teniendo en cuenta lo insoportable del yugo nacional ejercido por las potencias imperialistas, el proletariado joven y relativamente poco numeroso podía llegar al poder, sobre la base de la revolución democrática nacional, antes de que el proletariado de un país muy desarrollado y dominante en el sistema capitalista mundial llegara al poder sobre una base puramente socialista. Si el proletariado no lograba acaudillar una nación oprimida y tomar el poder, ninguna revolución democrática nacional, ni siquiera tan grande como la Revolución Mexicana bajo la conducción de los dirigentes tan radicales y excepcionales como Lázaro Cárdenas, podía cumplir con su tarea: liberar la nación de la dominación imperialista.

Mientras el Komintern estalinizado rechazaba la idea de la unidad latinoamericana atribuyéndola al nacionalismo pequeñoburgués reformista del APRA, Trotsky planteaba la cuestión de una manera fundamentalmente distinta. Comentando las posiciones del líder aprista, escribía: “Haya de la Torre insiste en la necesidad de la unificación de los países latinoamericanos y termina su carta con la fórmula: «Nosotros, los representantes de las provincias unidas de Sud América». En sí misma la idea es absolutamente correcta. La lucha por los Estados Unidos de América Latina es inseparable de la lucha por la independencia nacional de cada uno de los países latinoamericanos. Sin embargo, hay que responder clara y precisamente esta pregunta: ¿cuál es el camino que lleva a la unificación? De las vagas formulaciones de Haya de la Torre se puede concluir que espera convencer a los actuales gobiernos de América Latina de que se unan voluntariamente... bajo la «protección» de los Estados Unidos. En realidad, sólo el movimiento revolucionario de las masas populares contra el imperialismo, incluyendo su variante «democrática», podrá alcanzar ese gran objetivo. Admitimos que es un camino difícil, pero no hay otro.”

Al señalar el carácter retrasado y ya decadente del capitalismo latinoamericano apoyado en condiciones de vida semiserviles en el campo, Trotsky explicaba: “La burguesía norteamericana, que durante su ascenso histórico pudo unificar en una sola federación la mitad norte del continente, ahora utiliza toda la fuerza que logró gracias a esa unificación para desunir, debilitar y esclavizar a la mitad sur. Sud y Centroamérica sólo podrán liquidar el atraso y la esclavitud uniendo sus estados en una única y poderosa federación. Pero no será la atrasada burguesía sudamericana, sucursal totalmente venal del imperialismo extranjero, llamada a cumplir esta tarea, sino el joven proletariado sudamericano, quien dirigirá a las masas oprimidas. Por lo tanto, la consigna que debe guiar la lucha contra la violencia y las intrigas del imperialismo mundial y contra la sangrienta dominación de las camarillas compradoras nativas es: «Por los Estados Unidos Socialistas de Sud y Centroamérica». Tan sólo bajo una dirección revolucionaria podrá el proletariado de las colonias y semicolonias entrar en invencible colaboración con el proletariado de las metrópolis y la clase obrera mundial. Sólo esta colaboración podrá llevar a los pueblos oprimidos a su emancipación final y completa con el derrocamiento del imperialismo en todo el mundo. Un triunfo del proletariado internacional libraría a los países coloniales de un largo y trabajoso período de desarrollo capitalista, abriéndoles la posibilidad de llegar al socialismo junto con el proletariado de los países avanzados. La perspectiva de la revolución permanente no significa de ninguna manera que los países atrasados tengan que esperar de los adelantados la señal de partida, ni que los pueblos coloniales tengan que aguardar pacientemente que el proletariado de los centros metropolitanos los libere. El que se ayuda consigue ayuda. Los obreros deben desarrollar la lucha revolucionaria en todos los países, coloniales o imperialistas, donde haya condiciones favorables, y así dar el ejemplo a los trabajadores de los demás países. Sólo la iniciativa y la actividad, la resolución y la audacia podrán convertir en realidad la consigna «¡Proletarios de todos los países, uníos!».”

Fue la Revolución Cubana la primera revolución en América Latina que liberó la nación del yugo imperialista y cumplió con las demás tareas democráticas históricamente pendientes. Fue capaz de hacerlo por una razón fundamental: porque de manera similar a lo que sucedió en la Revolución Rusa de 1917, llevó al poder una fuerza consecuentemente revolucionaria que se había identificado con los intereses inmediatos e históricos del proletariado y de las masas populares y tomó un curso permanente: de manera ininterrumpida pasó del cumplimiento de las tareas de la revolución democrática nacional al cumplimiento de las tareas de la revolución socialista. Quien conoce la llamada teoría de la revolución por etapas que contaba entonces con la adhesión de las fuerzas absolutamente mayoritarias de la izquierda latinoamericana y mundial, constituyendo, desde el ascenso de Stalin al poder en la Unión Soviética, un principio fundamental del movimiento comunista, sabe que enorme ruptura efectuó la Revolución Cubana. El resultado de la aplicación de la teoría etapista siempre fue el mismo, dondequiera que se aplicó: no solamente la revolución socialista siempre se relegaba ad calendas graecas, sino que ni siquiera se cumplían las tareas de la primera etapa. No podían cumplirse, porque la única manera posible de asegurar las conquistas de la revolución democrática nacional es realizando las tareas de la revolución socialista. Es la esencia de la teoría de la revolución permanente. Julio Antonio Mella la resumió así: “Para hablar concretamente: la liberación nacional absoluta sólo la obtendrá el proletariado y será por medio de la revolución obrera.”

Movida por una poderosa vocación latinoamericana, la Revolución Cubana operó una conjunción de los logros programáticos de las corrientes más revolucionarias del nacionalismo latinoamericano con la revolución socialista. Por la primera vez después de la muerte de Martí e inspirándose en el ejemplo que dio, esta revolución elaboró en los años sesenta una estrategia de la revolución continental cuya audaz implementación asumió en América Latina el comandante Che Guevara al frente de una guerrilla internacionalista. Hoy sabemos que, en los planes estratégicos del Che, el Ejército de Liberación Nacional bajo su mando tenía que unificar sobre la base de una estrategia única el conjunto de los movimientos revolucionarios latinoamericanos y que, además, un día tenía que integrar el Ejército Proletario Internacional cuya formación fue anunciada en su Mensaje a la Tricontinental. Después de haber participado a la revolución congolesa y presenciado su derrota, el Che escribió claramente: “La iniciativa del Ejército Proletario Internacional no debe morir frente al primer fracaso.”

Cuando el Che y sus compañeros cubanos, bolivianos y peruanos combatían en Bolivia, en La Habana se produjo un evento histórico: la gran mayoría de las corrientes revolucionarias y de las organizaciones de izquierda de todos los países de América Latina se reunieron en la conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). “Las organizaciones aquí representadas”, explicó Armando Hart, presidente de la delegación cubana, “nos hemos dado cita para elaborar una estrategia común de lucha contra el imperialismo yanqui y las oligarquías de burgueses y terratenientes, que se han plegado a los intereses del gobierno de Estados Unidos. La delegación cubana representa a un partido revolucionario. Nuestras tesis estarán sustentadas en la ideología de Marx y Lenin. Somos herederos de una hermosa tradición revolucionaria y solidaria entre los pueblos de este continente. Tenemos que ser fieles a esa tradición. Carlos Marx decía, en plena época de la Comuna de Paris, que el objetivo de la revolución popular consistía en destruir la máquina burocrática militar del Estado y reemplazarla por el pueblo armado. Lenin afirmó más tarde que en este pensamiento estaba la enseñanza fundamental de Marx con relación a las tareas del proletariado en la revolución, en cuanto al Estado. Nuestra delegación considera que la experiencia histórica ha confirmado estas afirmaciones de Marx y de Lenin. Consideramos que estos planteamientos de Marx y Lenin es necesario analizarlos en el orden teórico y en cuanto a sus consecuencias prácticas.”

La delegación cubana, exponiendo en su informe la estrategia de la revolución continental, recordaba que “el valor y profundidad de las concepciones martianas pueden medirse”, entre otros, “por lo siguiente: [Martí] profundizó en el ideario bolivariano de concebir a la América Latina como una sola y gran Patria [y] se planteó la lucha por la independencia de Cuba como parte de la Revolución Latinoamericana”. En la misma oportunidad, la delegación cubana afirmaba que “hoy, la solidaridad revolucionaria de los pueblos de América entraña mayor profundidad que los antecedentes que le sirvieron de base, porque hoy la concepción continental de un solo pueblo latinoamericano se ha robustecido más.”

Un año más tarde, Inti Peredo, sobreviviente de la guerrilla boliviana, confirmando su fe en “el triunfo de las fuerzas revolucionarias que instaurarán el socialismo en América Latina” y su fidelidad al “sueño bolivariano y del Che de unir política y económicamente a Latinoamérica”, declaraba: “Nuestra meta única y final es la liberación de América Latina, que no sólo es nuestro continente, sino tambien nuestra patria deshecha transitoriamente en veinte repúblicas”.

Casi cuarenta años más tarde, urge reivindicar “la concepción continental de un solo pueblo latinoamericano” y la idea, con la cual el Che Guevara fue a luchar en Bolivia, que “América Latina será una sola patria”, como urge inscribir la unidad socialista latinoamericana en los programas de los movimientos populares y de las corrientes revolucionarias. Creo que, sin más demora, hay que comenzar a preparar las condiciones para la elaboración, una vez más, en un futuro que probablemente resultará mucho más próximo de lo que parece, de una estrategia de la revolución continental. Estrategia que correspondería a las condiciones latinoamericanas y mundiales de la globalización capitalista neoliberal y del mundo unipolar hegemonizado por el imperialismo norteamericano, más poderoso, agresivo y mortalmente peligroso pero al mismo tiempo más decadente y carcomido por sus contradicciones explosivas e insolubles que jamás.

Solamente el proletariado y sus más amplios aliados populares pueden lograr lo que no lograron las guerras de independencia y lo en que fracasaron irreversiblemente las burguesías latinoamericanas, haciendo que al final de las grandes luchas de las masas explotadas y oprimidas que se avecinan inexorablemente, América Latina sea una sola nación. Hoy, la unidad continental se plantea en un ámbito más amplio aún que debe ser capaz de atraer las diversas nacionalidades del Caribe.

En el informe, citado ya, de la delegación cubana a la conferencia de la OLAS en 1967, leíamos que hay un “hecho evidente que no ha sido evaluado en toda su dimensión: no se ha conocido jamás un grupo tan numeroso de pueblos, con una población tan grande y un territorio tan extenso, que mantengan, sin embargo, culturas tan parecidas, intereses tan similares y propósitos antiimperialistas idénticos. Cada uno de nosotros se siente parte de nuestra América. ¡Así lo aprendimos de la tradición histórica; así nos lo legaron nuestros antepasados, así nos lo enseñaron nuestros próceres! Ninguna de estas ideas es nueva para los representantes de las organizaciones revolucionarias de América Latina. Pero, ¿hemos valorado suficientemente lo que estos hechos representan? Hemos analizado con profundidad lo que significa que desde época tan lejana como los primeros años del siglo XIX, ya nosotros teníamos una idea continental de la lucha que se desarrollaba en toda la América Latina? ¿Hemos analizado con suficiente claridad el hecho irrebatible de que América Latina constituye un solo y gran pueblo?” Todas estas preguntas son hoy tan pertinentes como entonces.

Para ser una sola nación, América Latina tendrá que ser socialista. Para ser socialista, América Latina tendrá que ser una sola nación.

Para América Latina sonará, una vez más, la hora de su segunda, verdadera y definitiva independencia, anunciada hace más de cien años por José Martí y hace más de cuarenta años por Fidel Castro, cuando la Revolución Latinoamericana se ponga de nuevo en marcha y no se interrumpa hasta que no construya una sola nación socialista latinoamericana. Parece que se ha puesto en marcha ya, con la Revolución Bolivariana en Venezuela.


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