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Daniel Cohn-Bendit o la revolución que enterramos tan pronto

Jueves 1ro de julio de 2010

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Hace unas semanas, Alain Krivine nos hablaba también de “Dani el rojo” en el curso del homenaje a Daniel Bensaïd en Barcelona. Para Alain, mayo del 68 no fue un mera vía de modernización sino la huelga general más extensa y radical de la historia social francesa. Pero no idealizaba, contaba que la democracia estudiantil era bastante peculiar. Cierto, las asambleas eran multitudinarias, pero pocos podían hablar, no había espacio para tantos. Quien mejor lo hacía era “Dani”, primero porque sabía hacerlo, luego porque era el que tenía el micro. Se debatía sobre hacia donde tirar, y “Dani” cogía el micro y preguntaba…

El caso es que, pro un conjunto de circunstancias, Daniel Cohn-Bendit (Montauban, 1945), también conocido como «Dany el rojo», se convirtió en el principal personaje mediático durante los acontecimientos, y como tal fue, por citar un ejemplo, entrevistado por Jean Paul Sartre para Le Nouvel Observateur, el 20 de mayo 1968, un texto que hemos repescado porque es un documento importante del momento. La seriedad de los medos no podía ser más cuestionable, aunque también es cierto que se vie ron afectado por las fiebres, y que incluso en el Estado Español los hubieron que informaron con su punto de fiebre (en Barcelona TeleExpress,, y claro está, la revista “Triunfo”-, y muestra de una cosa y otra la tenemos en la célebre anécdota de la mayor manifestación de los jornadas. Mientras caminaban, unos periodistas le peguntaron a Dani cuanta gente había, y este, miró hacia un extremo y otro, y respondió: “Un millón”, y al día siguiente, esta respuesta facilitó los titulares de los dias. Quizás eran más, quizás menos, pero lo que es seguro es que no había –exactamente- un millón. La formula tuvo tanto éxito que se repitió aquí, y de la “Diada” catalana del 11 de septiembre de 1977 se proclamó que éramos un millón, y así se ha recogido en diversos libros de historia.

Volviendo a Daniel. Para él aquello fue una fiesta inolvidable, pero ahora la historia es otra, y su papel es my otro. Cierto que mantiene el toque del vestuario informal, lass respuestas “provocadoras” –cuando en La Vanguardia le pregunta por el “burka” responde que si las dejas, las muchachas árabes acabaran adoptando la minifalda, pero si la obligan a renunciar a hora será peor-, amén de un radicalismo totalmente desteñido, declarando por ejemplo que contra la crisis habría que tomar una serie de medidas “socialzadoras”, pero no dice nada sobre quien las tendrá que imponer –hace medio siglo que Dani no habla del movimiento obrero-, y por lo tanto, son propuestas que no tienen nada que ver con la política cotidiana de buscar un lugar bajo el sol institucional, codo con coco con el socialiberalismo a la manera que están aplicando entre nosotros sus “colegas” de IC-EV…

Este “bon vIvant” es un buen ejemplo de cómo el sistema no desaprovecha los antiguos hijos de la ira, y Daniel lo fue.

Apátrida, judío y alemán de origen, este detalle que dio lugar a un comentario despectivo por parte del dirigente estalinista George Marchais, y en consecuencia, una hermosa respuesta por parte de los estudiantes que gritaron por miles: “Todos somos judíos alemanes”, un grito de los más memorables de entonces, por cierto, claramente inspirado en el final de la película Espartaco. Universitario en Nanterre, Daniel protagonizó la primera “chispa” de la rebelión cuando el titular del Ministerio de Educación visitó la Universidad y el lo puso en ridículo dejando constancia que ya se podía hablar de sexualidad a las claras.

Desconocido hasta entonces, emergió en los primeros días de las barricadas de mayo como un líder político completamente diferente a los tradicionales, muy en consonancia con un movimiento que se hacía cada día en las barricadas. Se erigió como representante del “Movimiento 22 de marzo” que agrupaba a dos sectores básicos del “espíritu del 68”, el vasto componente espontaneísta-anarquista en el que entraban numerosos grupos o afinidades desde los siuacionistas hasta los socialbárbaros pasando por los surrealistas, y los trotskistas de la JCR con Alain y Daniel como portavoces, y otras corrientes menores. Por su desenvoltura y desfachatez, Daniel fue elegido portavoz de las asambleas multitudinarias así como de las manifestaciones y de los enfrentamientos que conmovieron el mundo durante cerca de un mes.

Como había que “catalogarlo” de alguna manera, Dani apareció como un “anarquista”, aunque él precisó que le gustaba más que lo llamaran “libertario”, término que considera más adecuado para definir unas concepciones en las que el anarquismo y el marxismo se casan con una notable capacidad de improvisación y provocación que desafió a De Gaulle, al sistema establecido, incluyendo al PCF. Dani supo hablar en un sentido “contestatario”, opuesto a la izquierda reformista y al juego electoral, como partidario de la unión entre obreros y estudiantes y de la acción común apoyada en base de las asambleas en las que se decía que estaba “prohibido prohibir”, aunque habría que decir que las frases formaban más parte de la lírica que de las necesidades reales.

Situado en la cima de los acontecimientos, Dani pudo percatarse de que a la huelga general le faltaban alternativas gubernamentales y baraja la posibilidad de un frente popular controlado desde abajo, por aquellas asambleas masivas y catoticas. Durante los hechos, llevó a cabo una ingente labor por la extensión internacional del conflicto que veía como una crisis revolucionaria en la que se arremetía, simultáneamente, contra el capitalismo, contra el imperialismo Y contra la burocracia soviética…

En el calor de los acontecimientos se publicó su libro El izquierdismo, remedio a la enfermedad senil del comunismo, un título en la que, en cierta medida, se le da la vuelta al clásico de Lenin interpretado como lo habían hecho los estalinistas, en realidad pues, desenfocado en relación a lo que planteaba Lenin en relación al curso “izquierdista” de la Internacional comunista de sus dos primeros congresos. Claro que esta es una historia muy prolija, pero que conviene matizar ya que el curso estaliniano acabó desenfocando toda la historia comunistas.

Claro está que Dani se estaba refiriendo entonces al comunismo estalinista que trata a los estudiantes de “gauchistes”. Eran los tiempos en los que los servicios de orden del PCF-CGT gritaban “¡Gauchistes-Marcellín!”, y anotemos que Marcellin era el ministro del orden público que ordenaba la represión policíaca sin miramientos, y para el que los revoltosos eran unos meros delincuentes. En este libro, Dani define la revolución rusa como la última gran revolución burguesa, y el régimen “soviético” como una forma peculiar de capitalismo de Estado. Critica a los sindicatos y a los partidos, y apuesta por la espontaneidad y par la desdogmatización. En su alternativa coinciden influyen los teóricos consejistas, las diversas corrientes anarquistas, el situacionismo, el surrealismo, etc. Está contra el comunismo, dice, porque está contra el capitalismo, pero declara que el que no denuncia la agresión yanqui al Vietnam no tiene derecho a hablar de la invasión a Checoslovaquia en agosta de 1968. Finalmente, sin apoyo social organizado, el «movimiento 22 de marzo» se desharía y el espontaneísmo que representó, desapareció. Finalmente, sin apoyo social organizado, el «movimiento 22 de marzo» se desharía y el espontaneísmo que representó, desapareció.

Expulsado de Francia en pleno reflujo de la lucha revolucionaria, viaja par Europa agitando con su estilo peculiar sin que ningún gobierno quiera admitirle. En Israel encabeza —junto con los trotskistas del Mazpen— una manifestación en la que se grita: “¡Todos somos árabes palestinos!”. En Carrara (Italia), asiste aquel mismo año a un Congreso anarquista y polemiza con Federica Montseny que lo trata de “gamberro” en una colisión bastante ilustrativa de un fuerte conflicto intergeneracional en el seno de un movimiento libertario con referencias históricas diferentes: la que acabo con la guerra española, yla que comenzó con el 68. El anarquismo de Cohn Bendit no respetaba el tradicionalismo cenetista.

Convertido en un símbolo errante de un movimiento que ya no podía ser igualmente “espontáneo” frente a unas autoridades advertidas, Daniel concede entrevistas y publica sus precoces “memorias”, El gran bazar (Ed. Dopesa, Barcelona, 1976), en cuya portada se ve a Daniel con unas maletas de espalda a la puerta de Brandenburgo, y con un prólogo de un tal Darío Giménez de Cisneros en la que presenta al autor con trazos de lo que luego se llamará aquí la “gauche divinne”. EA lo largo de casi 250 páginas, Dani repasa su biografía hasta el momento, criticando abiertamente algunos de sus propios posicionamientos.

En el tiempo que sigue, Dani se asienta en el país de sus padres, Alemania, donde milita en el área de lo que será con el tiempo el Partido Verde, en concreto en una comuna en la que hace de editor, puericultor, y no desdeña a la larga una carrera parlamentaria claramente orientada hacia el sector “realo” de los verdes, pactando con los gobiernos socialdemócratas, e incluso apoyando el «intervencionismo humanitario» del imperialismo norteamericano en Irak (1991), y Afganistán (2001).

Un testimonio de esta evolución posibilista lo ofrecerá en su libro, La revolución, y nosotros que la quisimos tanto (Anagrama, Barcelona, 1987), escrito con su hermanos mayor Gabriel, su “alter ego” a lo largo de su vida militante, y que antes de su evolución libertaria había militado en las filas trotskistas, y con los “activistes” opuestos al imperialismo francés durante la guerra de Argelia. Pero todo esto quedará lejos, como los restos arqueológico de un “izquierdismo” que tuvo sus momentos de gloria, pero que, al quedarse sin respuesta, se aprestó a buscar su lugar al sol en el “gran bazar” de la política del espectáculo.

En todos sus discursos, la revolución no fue más que una ilusión. No es nada diferente a lo que nos decían en los sesenta los que unas décadas antes habían querido mucho la revolución, y que nos repetían aquello de que quien no es anarquista a los veinte años es que no tiene corazón, pero quien no es conservador a los cincuenta, es que no tiene cerebro.

Yo creo que no tienen corazón ni cerebro.

Anexo

Entrevista a Daniel Cohn Bendit por Jean Paul Sartre publicada en Le Nouvel Observateur, el 20 de mayo 1968

El problema es siempre el mismo: reformas o revolución. Como usted dijo, todo lo que ustedes hacen por la violencia es recuperado por los reformistas de una manera positiva. La universidad, gracias a la lucha de ustedes, será reformada, pero lo será dentro del cuadro de la sociedad burguesa.

–Evidentemente, pero creo que es la única manera de ir adelante. Tomemos el ejemplo de los exámenes. Estos se realizarán, sin duda. Pero seguramente no se desarrollarán como antes. Se encontrará una fórmula nueva, y si se efectúan una sola vez de manera inhabitual, un proceso de reforma se abrirá que será irreversible. No sé hasta donde llegará, sé que se hará lentamente, pero es la única estrategia posible. Para mí, no se trata de hacer metafísica y analizar cómo se hará "la revolución". Creo que vamos más bien hacia un cambio incesante de la sociedad provocados, en cada etapa, por acciones revolucionarias. Hoy, en el mejor de los casos, puede esperarse la caída del gobierno. Pero no hay que soñar con hacer saltar en pedazos la sociedad burguesa. Esto no quiere decir que no hay nada que hacer: al contrario, es preciso luchar paso a paso partiendo de una impugnación global.

(...) Es necesario abandonar la teoría de "la vanguardia dirigente" para adoptar otra –mucho más simple, mucho más honestas, la de la minoría activa que desempeña el papel de fermento permanente e impulsa la acción sin pretender dirigir. De hecho, aunque nadie quiera admitirlo, el partido bolchevique no "dirigió" la revolución rusa. Fue llevado por las masas. Pudo elaborar la teoría por el camino, impulsar por aquí y por allá, pero no desencadenó él solo un movimiento que fue en gran medida espontáneo. En algunas situaciones objetivas –si las luchas de una minoría activa ayudan–, la espontaneidad vuelve a encontrar su puesto en el movimiento social. Ella es la que permite el empuje hacia adelante y no las órdenes de un grupo dirigente.

Lo que muchos no comprenden es que ustedes no intentan elaborar un programa, dar al propio movimiento una estructura. Les reprochan que buscan "romper todo" sin saber –en todo caso sin decir–, lo que ustedes quieren colocar en lugar de lo que demuelen.

–¡Evidentemente! Todos se tranquilizarían, Pompidou el primero, si fundáramos un partido anunciando: "Todos éstos están ahora con nosotros. He ahí nuestros objetivos y he aquí cómo confiamos en alcanzarlos...". Se sabría con quién hay que vérselas y se encontraría la forma de enfrentarlo. No se estaría ante la "anarquía", el "desorden", la "efervescencia incontrolable".

La fuerza de nuestro movimiento radica justamente en que se apoya sobre una espontaneidad "incontrolable", que da el impulso sin buscar canalizarlo, y utiliza en su provecho la acción que ha desatado. Hoy, para nosotros, hay evidentemente dos soluciones. La primera consiste en reunir cinco personas con buena formación política y pedirles que redacten un programa, formulen reivindicaciones inmediatas, que parezcan sólidas apariencias y decir: "He aquí la posición del movimiento estudiantil, hagan lo que ustedes quieran". Es la solución mala. La segunda consiste en tratar de hacer comprender la situación no a la totalidad de los estudiantes, ni aún a la totalidad de los manifestantes, sino a un número elevado de ellos. Para eso hay que evitar la creación inmediata de una organización, definir un programa, que serían inevitablemente paralizantes. La única ventaja del movimiento es justamente este desorden que permite a las personas hablar libremente, y que puede desembocar en cierta forma de auto-organización.

Al liberarse de repente en París la facultad de hablar, era necesario primero que la gente se expresara. Dicen cosas confusas, vagas, a menudo sin interés porque han sido dichas cien veces, pero después de haber dicho todo eso están en condiciones de plantearse la pregunta: "Y entonces ¿qué?". Esto es lo importante, que el mayor número posible de estudiantes se pregunte: "Y entonces ¿qué?". Solamente luego se podrá hablar de programa y de estructuración. Plantearnos desde hoy la pregunta: "¿qué hará usted con los exámenes?", es querer ahogar el pez, sabotear el movimiento, interrumpir la dinámica. Los exámenes se realizarán y nosotros haremos propuestas, pero que se nos conceda un poco de tiempo. Primero hace falta hablar, reflexionar, buscar fórmulas nuevas. Las encontraremos, pero no hoy.

Habrá vacaciones, se producirá un enlentecimiento, sin duda una retracción. El gobierno lo aprovechará para hacer reformas. Ustedes tendrán pues una universidad transformada, pero los cambios pueden muy bien ser sólo superficiales, no cambiar nada el fondo del sistema. Reivindicaciones que el poder podría satisfacer sin cuestionar al régimen. ¿Cree usted que puedan obtenerse "reformas" que introduzcan elementos revolucionarios en la universidad burguesa, que por ejemplo, hagan que la enseñanza dada en la universidad se halle en contradicción con la función principal de la universidad en el régimen actual: la de formar cuadros bien integrados en el sistema?

–La posibilidad de lograr que la enseñanza brindada en la universidad se transforme en una "contraenseñanza", que no fabrique más cuadros bien integrados sino revolucionarios, es una esperanza que me parece un poco idealista. La enseñanza burguesa, aun reformada, fabricará cuadros burgueses. Las gentes caerán en el engranaje del sistema. En el mejor de los casos serán miembros de una izquierda "bien pensante", seguirán siendo, objetivamente, los engranajes que aseguran el funcionamiento de la sociedad.

Nuestro objetivo es lograr una "enseñanza paralela", técnica e ideológica. Se trata de que nosotros mismos removamos la universidad sobre bases totalmente nuevas, aunque no dure más que unas semanas. Lo importante no es elaborar una reforma de la sociedad capitalista, sino hacer una experiencia de ruptura completa con esta sociedad, una experiencia temporaria, pero que deje entrever una posibilidad. Se percibe algo, fugitivamente, y se desvanece, pero es suficiente para probar que ese "algo" puede existir. Momentos de ruptura en la cohesión del sistema y que se les puede aprovechar para abrir brechas.

Ello supone la existencia permanente de un movimiento "anti-institucional" que impida a las fuerzas estudiantiles estructurarse.

- La defensa de los intereses de los estudiantes es, por otra parte, muy problemática. ¿Cuales son sus "intereses"? No constituyen una clase. Los trabajadores, los campesinos, forman una clase social y tienen intereses objetivos. Sus reivindicaciones son claras y se dirigen al patrón, a los representantes de la burguesía. Pero ¿los estudiantes? ¿Quiénes son sus "opresores" sino el sistema entero?


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