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Soberanía alimentaria, objetivo político

abril de 2007

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por Esther Vivas [1]

El acceso, por parte del pequeño campesinado, a la tierra, en el agua, en las semillas ... no es hoy un derecho garantizado. La liberalización agrícola y comercial somete a la pobreza a una inmensa parte de la población que vive de la agricultura, y que tendría que ser la encargada de asegurar la alimentación de la población a nivel local y regional. La globalización neoliberal, en su trayectoria para privatizar todos los ámbitos de la vida, ha hecho lo mismo con la agricultura y los recursos naturales. Hoy, reivindicar el derecho de los pueblos a la soberanía alimentaria se ha convertido en una necesidad imperante.

El concepto de soberanía alimentaria fue propuesto por primera vez por el movimiento internacional Vía Campesina, en el año 1996 en Roma, con motivo de la Cumbre Mundial de la Alimentación de la organización de las Naciones Unidas sobre Alimentación y Agricultura, FAO. La soberanía alimentaria se define como el derecho de las comunidades y de los pueblos a decidir sus propias políticas agrícolas y alimentarias, a proteger y a regular la producción y el comercio agrícola interior con el objetivo de conseguir un desarrollo sostenible y garantizar la seguridad alimentaria.

Alcanzar esta soberanía requiere una estrategia que rompa con las políticas agrícolas neoliberales impuestas por la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, y con el sistema económico capitalista dominante, los cuales promueven un modelo de producción agrícola y alimentaria totalmente insostenible.

El sistema de producción, comercialización y distribución de alimentos globalizado en manos de la industria agroalimentaria ha demostrado ser un rotundo fracaso a la hora de garantizar una mínima seguridad alimentaria y un modelo de producción sostenible ecológicamente. Según un estudio realizado por la FAO, en el año 2000, se estimaba que había en el mundo 826 millones de personas, sobre todo mujeres y niños, que sufrían hambre y otras formas de desnutrición, cuando a nivel mundial se producían suficientes alimentos para alimentar a toda la población. Entonces, ¿cuál es el problema?

Una de las razones principales del hambre y la desnutrición tiene que ver con la falta de acceso a los recursos naturales (tierra, agua, entonces...) por parte del pequeño campesinado. La mayor parte de la tierra cultivable en el mundo está en manos de las grandes empresas transnacionales que orientan el modelo de producción agrícola a la exportación, obviando las necesidades alimentarias de la población local. Una agricultura mercantilizada, intensiva, modificada genéticamente y que antepone los intereses económicos a las necesidades de las personas.

En contraposición, el concepto de soberanía alimentaria coloca a los productores agrícolas en el centro del debate político, apoyando al derecho de los pueblos a producir sus propios alimentos independientemente de las condicionalidades establecidas por el mercado. Un principio que rompe con el mito que tan sólo los mercados internacionales podrán resolver la cuestión de la inseguridad alimentaria. Se trata de priorizar los mercados locales y nacionales, fortalecer la agricultura, la pesca y la ganadería familiar, colocando la producción alimentaria, la distribución y el consumo sobre la base de la sostenibilidad social, económica y medioambiental.

Las mujeres, las más afectadas

El modelo agrícola y alimenticio industrializado y las transnacionales que lo aplican amenazan la existencia de una agricultura campesina, la pesca tradicional, la economía de pasto así como la elaboración artesanal y el comercio de alimentos a pequeña escala donde las mujeres tienen un papel central. Hay que tener en cuenta que en los países del sur un 80% de la producción de alimentos recae en las mujeres, quienes son las principales responsables del mantenimiento de la biodiversidad, de las semillas, y en consecuencia son también las que más sufren las políticas neoliberales y sexistas que dominan en estos ámbitos de producción y comercialización.

A la vez son las mujeres y los niños los más afectados por el hambre a nivel mundial, a pesar, cómo decíamos anteriormente, de ser las principales productoras de alimentos. Además, el uso masivo de productos químicos y organismos genéticamente modificados en la agricultura intensiva tiene efectos nefastos sobre el medio ambiente, sobre la salud humana y, en particular, sobre la salud reproductiva, afectando, principalmente, a las mujeres, que son la primera fuerza de trabajo en el campo.

Otro ejemplo de esta desigualdad tiene que ver con el acceso a la tierra: en muchos países del sur las leyes niegan a las mujeres el derecho a la tierra, y en aquéllos donde legalmente tienen este derecho, las tradiciones y las prácticas las impiden de ejercerlo. En Europa, muchas campesinas sufren una total inseguridad jurídica, ya que la mayoría de ellas trabajan en explotaciones familiares donde los derechos administrativos son propiedad exclusiva del titular de la explotación y las mujeres, a pesar de trabajar en ella, no tienen derecho a ayudas, a la plantación, a una cuota láctica, etc. Eso, sin tener en cuenta las condiciones laborales de las mujeres inmigrantes en la agricultura de los países del norte, donde trabajan en condiciones sociales y jurídicas totalmente inaceptables, sufriendo una doble discriminación: como mujeres y como inmigrantes.

Pasos adelante

Pero la movilización a favor de la soberanía alimentaria cuenta a día de hoy con nuevos aliados. Grupos de mujeres, de pescadores, de consumidores, de pastores, de indígenas ... se suman al movimiento campesino en la lucha de los pueblos por la soberanía alimentaria. Éste ha sido el principal resultado del Foro por la Soberanía Alimentaria que tuvo lugar del 23 al 27 de febrero a la población rural de Sélingué, en Malí.

Un encuentro que permitió avanzar en la definición de estrategias conjuntas entre un amplio abanico de movimientos sociales de todo el mundo. El encuentro internacional reunió a más de 500 delegados y delegadas de 80 países, con una participación equilibrada de personas de todos los continentes, invitadas especialmente para la ocasión. El objetivo era llevar a cabo un debate estratégico sobre qué se entiende desde los diferentes movimientos sociales por soberanía alimentaria, qué propuestas concretas se reivindican y cómo llevarlas a cabo.

El encuentro fue promovido a través de un llamamiento internacional por parte de movimientos tan significativos como Vía Campesina, la Marcha Mundial de Mujeres, Amigos de la Tierra, el Foro Mundial de los Pueblos Pescadores, la Red de Organizaciones Campesinas y de Productores de la África Occidental (ROPPA). Fue la culminación de un largo proceso preparativo y, al mismo tiempo, un punto de partida para una nueva etapa de movilización a favor de la soberanía alimentaria. Un paso adelante en esta lucha, literalmente vital para centenares de millones de personas.

Notas

[1Publicado en la revista núm.33 abril 2007


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